El otro día escuché por la radio al Dr. Gonzalo Pin, director de una unidad del sueño, diciendo que los alemanes duermen la siesta más que los españoles. ¡Toma ya! Aparte de que exportemos ideas sin ingresar divisas, es una prueba más de la tesis que planteé al iniciar esta serie (Deutschland und ich) en un ya lejano en Alemania también cuecen habas allá por el 29 de julio: nos parecemos, mucho, además, somos tan iguales que nos gobierna la misma persona: Ángela Merkel (empeñada en ser la madre de la Constitución, cuando los hijos del 6 de diciembre no la queremos como abuela ni como ideóloga) cuyas propuestas son asumidas por populares y socialistas españoles con una unanimidad que bien podrían poner en sacar del pozo a la economía española (resulta curioso cómo se ponen de acuerdo los políticos cuando se trata de pasarse a la ciudadanía por la piedra y beneficiar a los mercados). El colmo es que somos tan parecidos que tanto a los alemanes como a nosotros, las propuestas de Merkel nos sientan como una patada en la tripa (o más abajo) y descubro que me parezco tanto a Köl (Helmut, ex canciller aleman del mismo partido) que coincido con él en que esta no es nuestra Europa, que nos la han cambiado y en que ella (no Alemania sino la cancillera) fue la primera en saltarse el pacto de estabilidad y alimenta la eurofobia hacia los países del Sur para encubrir, según afirma el laborista inglés Gordon Brown, que los bancos alemanes (sobre todo los públicos de los lands) están endeudados hasta la médula.
Pero no quiero ponerme serio en esta despedida de Deutschland und ich (que no de empandullo, blog que seguirá aquí, cuando el tiempo me deje un hueco y el cuerpo me lo pida -que me lo pedirá, pues me conozco-). Confieso que he disfrutado de lo lindo reviviendo unas vacaciones en Alemania a las que he sacado más jugo del que pensaba cuando surgió el viaje, inesperado, vía invitación de boda en Colonia. Me he divertido forzando comparaciones tópicas y descubriéndome a unos ciudadanos que son como nosotros y hasta duermen la siesta más, según Pin.
Muchas cosas se han quedado en mi tintero como que los alemanes no comen pescado porque no quieren, pescaderías haylas (y la lubina de cultivo estaba a 2,30 €, mucho más barata que aquí); que las tiendas estaban vacías, muy vacías, más que aquí, lo mismo que las peluquerías u otros servicios; que vi muy pocas embarazadas por la calle y también pocos perros que, por cierto, iban en tren; que en algunos restaurantes no aceptan VISA si no gastas más de cincuenta euros; que en la oficina de turismo había un tipo con talante de guardia de seguridad y encontré a un guardia de seguridad con talante de empleado de turismo; que hay visitas a Berlín a bordo de caravanas de Trabant (el coche de la RDA) pintados de colores y estampados (y a pie y en bici y en patinete...); que pedir algo en la conserjería de los hoteles alemanes (gel, por ejemplo) suele tener el mismo resultado que hacerlo en los españoles: ninguno; que...
Que lo he pasado bien, que he vuelto encantado, que la gente es, en general, amable y hace lo posible por salvar las barreras idomáticas, salvo cuando no les interesa entenderse con uno; que allí son más contraculturales que aquí y viceversa; más altos que aquí y viceversa; más rubios que aquí y viceversa; más que aquí y viceversa en todo...
Que lo he pasado bien porque he escrito para ti y para mí y porque tengo la impresión de que has disfrutado casi como yo mismo.
Hasta la próxima.
domingo, 28 de agosto de 2011
Conclusión
miércoles, 24 de agosto de 2011
El muro
Uno de los museos (si merece ese nombre) que más me gustó fue el Mauermuseum (museo del muro). Si lo comparamos con el centro de interpretación del mosquito en las balsas de Pinseque, financiado con fondos europeos, o con el horno-museo de la elaboración del pan de cinta con moño de cualquier pueblo de la provincia de Teruel (una iniciativa de LEADER de noséqué comarca), por poner dos ejemplos tan ficticios como frecuentes en nuestra geografía... si lo comparamos con ellos, digo, no pasará de recibir el calificativo de cutre. Pero es precisamente esa cutrez, esa impresión de que se trata de una muestra que puede hacerla uno mismo con horas y horas de dedicación, lo que le da un carácter asombrosamente cercano: cientos de documentos, recortes de prensa, fotografías, afiches... invaden sus paredes en un sin ton ni son aparente, mientras que en las habitaciones (que no salas, pues se trata de una casa) engendros de todas clases narran las vicisitudes de los que consiguieron pasar al otro lado (y de los que perecieron en el intento): globos, maletas dobles, habitáculos bajo el coche... En la planta calle, la tienda recuerda a los tiempos del SEPU en rebajas, y fuera el checkponit Charlie, una enclenque garita de control que separaba las dos partes del mundo y ahora sirve ahora de reclamo turístico donde hacerse unas fotos, con remedo de soldado americano y su bandera incluidos, a cambio de unas monedas.
El muro no está (o casi), lo derribaron la noche del 9 al 10 de noviembre del 89, mejor así, que no esté, salvo en estado fragmentario y escaso (es preferible recorrerlo en la web). De estos trozos de vergüenza me quedo con este momento previo al rapto de una voluptuosa Europa (sin Rusia) por un Zeus astado de banderas.
De todos modos, es posible encontrar zonas como la east side gallery donde algo más de un kilómetro de muro interior muestra obras pintadas tras la caída.
Justo allí se encuentra el conocido beso en la boca entre Leonidas Breznev y Erich Honecker, mandamases de la URSS y la RDA respectivamente; justo allí expliqué a seis alumnas de doctorado sevillanas quiénes eran esos dos tipos que ellas habían ido a ver (de propio, porque hay que ir hasta allí de propio) en una lluviosa y desapacible mañana (si llego a saber que, fruto de mi historia, una se iba a comprar una camiseta con la imagen, me callo); justo allí las obras que decoran la pared recuerdan a las casi 200 personas que murieron en el intento de pasar al otro lado, a las más de 5.000 que lo consiguieron y a los incontables que lo intentaron.
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| Títeres de Marc Engel en la East Side Gallery |
martes, 23 de agosto de 2011
Alternativos
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| Alemania perece, Kopi sigue existiendo |
En el año 1990 se ocupó la casa de Köpenicker Str. 137 por activistas del movimiento punk, unas cincuenta personas, incluidos algunos nacidos allí, la habitan y ofrecen actividades alternativas, resistiendo el desalojo decretado pese a la existencia de contratos con algunos de los propietarios del edificio. En la foto, sobre los tejados, puede leerse una pintada de apoyo a Kopi.
Tacheles (en hebreo comunicación) era la entrada de un centro comercial que fue destruido por los bombardeos aliados. Fue ocupado tras la caída del muro por artistas alternativos y hoy sigue con su actividad aunque, aseguran, Tacheles se ha visto en la encrucijada de seguir desarrollando y presentando ideas y proyectos artísticos sin abandonar sus ideales ni caer en la nostalgia anarquista y okupa.
Equilibrio, todo es cuestión de equilibrio:
- Sobre la puerta de un taller de Tacheles puede leerse la máxima benedictina ora et labora; al otro extremo del corredor un viva la fiesta en español hace pensar en el extraordinario equilibrio que combina lo sagrado con lo profano en latín y en español dentro de una casa alemana del barrio judío.
- Mientras, desde la ventana se contempla una fachada de treinta metros ocupada por un inmenso mural de Ronaldo, vestido con los colores de la canarinha, burlado el defensa y en el momento de driblar al portero; tan futbolera visión se compensa con la cabeza del delantero orlada de un resplandor divino a la manera de los cuadros barrocos (equilibrio).
- Gente alternativa vende sus trabajos a turistas armados del último modelo de Canon y vestidos de La Martina que pululan (pululamos) por sus salas.
- Al visitar su web veremos que han conseguido un equilibrio asombroso entre lo alternativo y las donaciones con VISA.
lunes, 22 de agosto de 2011
Colas
Colas hay, en Alemania, como en todos los sitios. Los turistas somos así y nos encanta viajar para hacer cola en los sitios más inverosímiles como el museo de cera de madame Tussaud; cada vez que pasaba por Unter der linden veía la larga fila y me preguntaba a quién irían a ver: si a Hitler o a Nicole Kidman, ambos vecinos del garito en compañía de la Merkel, Sarkozy, Benedicto XVI o Madonna, por ejemplo (como no me gustan estos museos de los horrores, pasé).
Ya he hablado (y no pocas veces) de la cola del Neues museum, prueba de que me resultó insufrible, sin embargo, he dejado de comentar algo que ocurrió cuando, ¡por fin!, me tocaba el turno en la ansiada taquilla: una avispada alemana que esperaba su oportunidad en paralelo, aprovechó el instante entre la marcha del anterior colista y mi llegada a la segunda ventanilla y, de un quiebro, se coló sin mediar un bitte, verzeihen de por medio. Pidió información al oráculo, la misma que todos habíamos obtenido, que había que hacer cola e inició un diálogo parecido a este:
- seit ich hier bin... (todos los demás también estábamos allí)
(negativa del oráculo)
- die linie ist lang... (todos los demás sabíamos, y bien, que la cola era larga)
(nueva negatva)
- Blick auf meinen Regenschirm... (como si los demás llevásemos paraguas o, en su caso, estuvieran menos destrozados que el suyo)
El argumento del paraguas hizo claudicar la moral de la, hasta entonces, inasequible taquillera, le vendió los boletos correspondientes y la mujer se alejó más contenta que un muniqués tras una tarde de cañas. Mis limitaciones idiomáticas me impidieron conocer sus otros argumentos; no pudo utilizar el tan habitual en España: oiga, que soy de la tercera edad porque la jeta estaba en la treintena, y desconozco si usó otros como que yo soy de aquí y estos no... o cosas parecidas. Mientras yo había accedido a la primera taquilla y pude comprobar que la reacción de la fila, que desbordaba el puente, fue airada y que la señora que ocupó el sitio que había dejado la rubia, esta sí de la tercera edad, dedicó todos los germánicos improperios posibles a la taquillera, a la rubia y a la madre que las parió. No pude por menos que dedicarle una sonrisa y hacerle un signo de aprobación con el dedo.
Las colas en la recepción de los hoteles no son menos inquietantes que las españolas; como aquí, la gente se coloca estratégicamente en una especie de estructura nodal, de forma que no hay manera de saber si están con el rubio recepcionista, con la de la coleta que parece saber español o con la adusta jefa de recepción. Cualquier dilación es aprovechada en hábil quiebro de maleta para colarse. Al igual que en España es costumbre extendida que, justo cuando llegas al mostrador, un ciudadano que acaba de llegar se coloque a tu vera y apoye sus codos encima, no se sabe si para asesorarte en el proceso o para quitarte tu tarjeta de acceso. Me ocurrió a la llegada al hotel, a la salida y en un banco, donde un resoplante y colorado sesentón apoyó carpeta, codos y chaqueta sobre el dinero que el cajero me estaba proporcionando. Yo no pensaba que esta gente era igualita que nosotros.
Otra cosa son las colas del museo judío: una para entrar por la puerta giratoria de seguridad, otra ante el vigilante posterior, otra en el arco de seguridad donde tienes que enseñar hasta el alma, otra al sacar los billetes, otra para acceder (pero como no puedes acceder con la bolsa de la cámara, por ejemplo, tienes que volver atrás), otra en el guardarropa para dejar lo que le haya parecido inadecuado a la cancerbera, de nuevo otra vez en el control de entradas del acceso, otra para recoger la bolsa de la cámara en el guardarropa a la salida... Ya en la calle observas la vigilancia policial y te sientes como en Israel.
Ya he hablado (y no pocas veces) de la cola del Neues museum, prueba de que me resultó insufrible, sin embargo, he dejado de comentar algo que ocurrió cuando, ¡por fin!, me tocaba el turno en la ansiada taquilla: una avispada alemana que esperaba su oportunidad en paralelo, aprovechó el instante entre la marcha del anterior colista y mi llegada a la segunda ventanilla y, de un quiebro, se coló sin mediar un bitte, verzeihen de por medio. Pidió información al oráculo, la misma que todos habíamos obtenido, que había que hacer cola e inició un diálogo parecido a este:
- seit ich hier bin... (todos los demás también estábamos allí)
(negativa del oráculo)
- die linie ist lang... (todos los demás sabíamos, y bien, que la cola era larga)
(nueva negatva)
- Blick auf meinen Regenschirm... (como si los demás llevásemos paraguas o, en su caso, estuvieran menos destrozados que el suyo)
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| La evidente mala relación del temporal berlinés y los paraguas |
Las colas en la recepción de los hoteles no son menos inquietantes que las españolas; como aquí, la gente se coloca estratégicamente en una especie de estructura nodal, de forma que no hay manera de saber si están con el rubio recepcionista, con la de la coleta que parece saber español o con la adusta jefa de recepción. Cualquier dilación es aprovechada en hábil quiebro de maleta para colarse. Al igual que en España es costumbre extendida que, justo cuando llegas al mostrador, un ciudadano que acaba de llegar se coloque a tu vera y apoye sus codos encima, no se sabe si para asesorarte en el proceso o para quitarte tu tarjeta de acceso. Me ocurrió a la llegada al hotel, a la salida y en un banco, donde un resoplante y colorado sesentón apoyó carpeta, codos y chaqueta sobre el dinero que el cajero me estaba proporcionando. Yo no pensaba que esta gente era igualita que nosotros.
Otra cosa son las colas del museo judío: una para entrar por la puerta giratoria de seguridad, otra ante el vigilante posterior, otra en el arco de seguridad donde tienes que enseñar hasta el alma, otra al sacar los billetes, otra para acceder (pero como no puedes acceder con la bolsa de la cámara, por ejemplo, tienes que volver atrás), otra en el guardarropa para dejar lo que le haya parecido inadecuado a la cancerbera, de nuevo otra vez en el control de entradas del acceso, otra para recoger la bolsa de la cámara en el guardarropa a la salida... Ya en la calle observas la vigilancia policial y te sientes como en Israel.
sábado, 20 de agosto de 2011
Museuminsel
En varias entradas del blog me he referido a alguno de los museos que forman Museumsinsel (la isla de los museos) así que habrá que hablar del conjunto y sus peculiaridades.
Diré, en primer lugar, que la colección que albergan vale, por si sola, un viaje a Berlín y en segundo lugar que, quien no tenga prisa por hacerlo y quiera disfrutar de una visita que se promete todavía más interesante que la actual, espere a 2015, cuando el plan maestro que se está desarrollando esté concluido, el paseo arqueológico que proporcionará unidad a cuatro de los cinco edificios sea una realidad y andamios, vallas, casetas y otros impedimentos sean sustituidos por un criterio que ahora no existe.
El conjunto albergaba las colecciones prusianas de arte y arqueología y sufrió los efectos colaterales (que diríamos ahora si Alemania fuera un país africano, por ejemplo) de la II Guerra Mundial: alguno de sus edificios fue muy dañado y las colecciones se dispersaron tras la ocupación de Berlín para volver a reunirse tras la reunficación alemana. Sirva esta pequeña explicación como descargo, que no justificación, de lo que diré ahora.
Si uno intenta visitar virtualmente cualquiera de los museos, encontrará que el inefable google lo lleva a la página de Stiftung Preußischer Kulturbesitz (algo así como la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano, nombre que está muy bien si no fuese porque lo que ese patrimonio cultural tiene de prusiano es la nacionalidad de sus arqueólogos que fueron descubriendo (y expoliando) hallazgo por distintas partes del mundo (ojo, igual que hicieron los británicos para almacenarlo en esa especie de trastero desordenado que es el British Museum o los franceses o en menor medida los españoles -no por que seamos la madre Teresa de Calcuta, sino porque nos interesaba más el oro americano que el arte Azteca, por ejemplo-). La web en cuestión (Staatliche Museen zu Berlin) es fea, poco amigable y nada moderna, poco que ver con la de otros museos (no sin menos expolio) como el Louvre. Curiosamente, el único que tiene una web propia (aparentemente) es el Neues museum, el más restaurado, pero pasada la fachada, los enlaces vuelven a remitir a la Staatliche Museen zu Berlin. Es cierto que las colecciones están en reestructuración, esta provisionalidad no tendría que afectar a una web en la que es mejor no dar todo por bueno y es preferible dejarse sorprender por la visita real (algo poco compatible con la eficacia alemana y la supuesta modernidad berlinesa -a lo peor oficialidad y modernidad están reñidas-).
Amén de las sorpresas artísticas y arqueológicas, hay otras que nos esperan, como la diferencia de criterio en la admisión de los cinco museos, pese a pertenecer a una misma fundación y ser, en realidad, la misma cosa. La normal es visitarlos con alguna de las tarjetas que permiten el recorrido conjunto, bien la Berlín welcome card de tres días (que yo usé pues facilita el transporte) o la Museumpass. Primero entré en el Altes Museum, con una magnífica colección de arte griego (la web dice que todavía no está visitable, pero no hagáis caso, yo la vi), etrusco y romano y tuve que pasar por taquilla para, previa presentación de mi tarjeta, obtener la entrada correspondiente. Después visité el Pergamon Museum (edificio contenedor de otros edificios como el altar de Zeus, la Puerta de Istar o el mercado de Mileto, además de la estela de Hammurabi y una colección de arte islámico). Tras media hora larga para obtener mi entrada, resultó que no era necesario pasar por taquilla y el acceso era libre con la tarjeta. Lo mismo me ocurrió en el Bode museum donde, por cierto, no había casi nadie admirando las excelentes muestras de arte bizantino, las esculturas a partir de la Edad Media, numismática... -solo el propio edificio merece una visita-).
Mi siguiente visita fue al Neues Museum, allí la tarjeta no vale como pase y, como ya he contado en otra entrada, hube de sufrir la cola más insufrible que recuerdo para contemplar a Nefertiti y sus colegas dentro de un estupendo museo con un cierto caos expositivo que para nada concuerda con el tópico alemán (una cosa tras otra, entiendo, y eso que éste sí está organizado más o menos definitivamente).
Hay más sorpresas: Llegar a la cafetería del Bode, que no está al final sino en medio y da paso, a derecha y a izquierda a salas cerradas con puertas aparentemente inaccesibles (hay gente que se toma el café y se marcha sin ver las colecciones de pintura). Tener calor, quitarte la chaqueta y ver a un guarda indicándote que tienes que desandar todo lo andado para llegar al guardarropa porque no se puede llevar la prenda en la mano. Ver pasar el tren entre el estrecho pasillo que separa el Bode del Pégamon (supongo que el plan director lo resolverá)... Pero no sólo ocurren cosas raras en Museumsinsel; a la entrada de la ciudadela de Spandau hay dos tipos: si entras por la izquierda cobran por ver la torre, si lo haces por la izquierda, cobran no visitar la torre (o algo parecido).
Diré, en primer lugar, que la colección que albergan vale, por si sola, un viaje a Berlín y en segundo lugar que, quien no tenga prisa por hacerlo y quiera disfrutar de una visita que se promete todavía más interesante que la actual, espere a 2015, cuando el plan maestro que se está desarrollando esté concluido, el paseo arqueológico que proporcionará unidad a cuatro de los cinco edificios sea una realidad y andamios, vallas, casetas y otros impedimentos sean sustituidos por un criterio que ahora no existe.
El conjunto albergaba las colecciones prusianas de arte y arqueología y sufrió los efectos colaterales (que diríamos ahora si Alemania fuera un país africano, por ejemplo) de la II Guerra Mundial: alguno de sus edificios fue muy dañado y las colecciones se dispersaron tras la ocupación de Berlín para volver a reunirse tras la reunficación alemana. Sirva esta pequeña explicación como descargo, que no justificación, de lo que diré ahora.
Si uno intenta visitar virtualmente cualquiera de los museos, encontrará que el inefable google lo lleva a la página de Stiftung Preußischer Kulturbesitz (algo así como la Fundación del Patrimonio Cultural Prusiano, nombre que está muy bien si no fuese porque lo que ese patrimonio cultural tiene de prusiano es la nacionalidad de sus arqueólogos que fueron descubriendo (y expoliando) hallazgo por distintas partes del mundo (ojo, igual que hicieron los británicos para almacenarlo en esa especie de trastero desordenado que es el British Museum o los franceses o en menor medida los españoles -no por que seamos la madre Teresa de Calcuta, sino porque nos interesaba más el oro americano que el arte Azteca, por ejemplo-). La web en cuestión (Staatliche Museen zu Berlin) es fea, poco amigable y nada moderna, poco que ver con la de otros museos (no sin menos expolio) como el Louvre. Curiosamente, el único que tiene una web propia (aparentemente) es el Neues museum, el más restaurado, pero pasada la fachada, los enlaces vuelven a remitir a la Staatliche Museen zu Berlin. Es cierto que las colecciones están en reestructuración, esta provisionalidad no tendría que afectar a una web en la que es mejor no dar todo por bueno y es preferible dejarse sorprender por la visita real (algo poco compatible con la eficacia alemana y la supuesta modernidad berlinesa -a lo peor oficialidad y modernidad están reñidas-).
Amén de las sorpresas artísticas y arqueológicas, hay otras que nos esperan, como la diferencia de criterio en la admisión de los cinco museos, pese a pertenecer a una misma fundación y ser, en realidad, la misma cosa. La normal es visitarlos con alguna de las tarjetas que permiten el recorrido conjunto, bien la Berlín welcome card de tres días (que yo usé pues facilita el transporte) o la Museumpass. Primero entré en el Altes Museum, con una magnífica colección de arte griego (la web dice que todavía no está visitable, pero no hagáis caso, yo la vi), etrusco y romano y tuve que pasar por taquilla para, previa presentación de mi tarjeta, obtener la entrada correspondiente. Después visité el Pergamon Museum (edificio contenedor de otros edificios como el altar de Zeus, la Puerta de Istar o el mercado de Mileto, además de la estela de Hammurabi y una colección de arte islámico). Tras media hora larga para obtener mi entrada, resultó que no era necesario pasar por taquilla y el acceso era libre con la tarjeta. Lo mismo me ocurrió en el Bode museum donde, por cierto, no había casi nadie admirando las excelentes muestras de arte bizantino, las esculturas a partir de la Edad Media, numismática... -solo el propio edificio merece una visita-).
Mi siguiente visita fue al Neues Museum, allí la tarjeta no vale como pase y, como ya he contado en otra entrada, hube de sufrir la cola más insufrible que recuerdo para contemplar a Nefertiti y sus colegas dentro de un estupendo museo con un cierto caos expositivo que para nada concuerda con el tópico alemán (una cosa tras otra, entiendo, y eso que éste sí está organizado más o menos definitivamente).
Hay más sorpresas: Llegar a la cafetería del Bode, que no está al final sino en medio y da paso, a derecha y a izquierda a salas cerradas con puertas aparentemente inaccesibles (hay gente que se toma el café y se marcha sin ver las colecciones de pintura). Tener calor, quitarte la chaqueta y ver a un guarda indicándote que tienes que desandar todo lo andado para llegar al guardarropa porque no se puede llevar la prenda en la mano. Ver pasar el tren entre el estrecho pasillo que separa el Bode del Pégamon (supongo que el plan director lo resolverá)... Pero no sólo ocurren cosas raras en Museumsinsel; a la entrada de la ciudadela de Spandau hay dos tipos: si entras por la izquierda cobran por ver la torre, si lo haces por la izquierda, cobran no visitar la torre (o algo parecido).
Obras
Pues no, Alemania es, ahora mismo, un mar de obras: amén de los apaños callejeros inherentes a cualquier ciudad que sustituyen el incómodo pavés viejo por el incómodo pavés nuevo, cualquier monumento que se precie está en obras, lo ha estado recientemente o amenaza con estarlo en breve; incluso existen recuerdos de monumentos destruidos en la gran guerra en los que puede leerse: aquí hubo una iglesia y se construirá otra igualita (eso sí, cuando se pueda).
Ya se sabe que a la declaración de algo como Patrimonio de la humanidad supone la inmediata disposición de obras por doquier, como ocurre en Museuminsel, por ejemplo, donde tras una acertada (aunque hayan olvidado las taquillas) y costosa restauración del Neues Museum, la han emprendido con el museo de Pérgamo (a Berlín y no a Pérgamo deberá dirigirse el viajero que quiera admirar el altar de Zeus en Pérgamo, lo que ocasiona no pocos problemas a los alumnos de bachillerato que pueden llegar a ubicar la obra en el barrio Berlinés de Pérgamo o considerar Berlín como una colonia griega en la península de Anatolia -y es que no se lo ponemos nada fácil con tanto ir y venir de las obras de arte-).
Algo parecido podría decirse de Postdam, donde tomé esta fotografía que no sé si quiere decir: esto es lo que hubo aquí, mañana habrá otra cosa o cuando acabemos, esto quedará así de bien.
viernes, 19 de agosto de 2011
Gamberretes
Acabábamos de visitar la magnífica colección de arte griego y romano que guarda el Altes Museum, un extraordinario edificio neoclásico que abre la isla de los museos a Lustgarten. Beni se había sentado en la escalera para hacer una llamada telefónica, mientras yo me quedé observando a un grupo de mozalbetes que pululaban alrededor de la bañera que centra su fachada con los jardines.
Estaba claro que los chavales iban a iniciar el asalto a la poza pese a las advertencias de una de las vigilantes del museo apostada en las columnas, supongo que de forma permanente por lo habitual del caso. Iniciado el ataque y tras algún frustrado intento y varios estridentes toques de silbato de la vigilante, uno de los intrépidos gamberretes consiguió su hazaña.
Mientras un cuarto compinche se acercaba a felicitar al victorioso escalador, los otros dos, más próximos al acceso al edificio abandonaban frustrados su intento al ver que la vigilante, silbato en ristre, comenzaba un enloquecido descenso de escaleras y se iba a por ellos. Una carrera que finalizó cuando el grupito agresor se reunió con los gregarios que, tumbados en el césped, reían la gracia un poco más lejos.
Y es que este aprecio por el patrimonio es un hecho constatable, aquí, en Pernambuco y, desde luego, en Berlín.
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