lunes, 11 de noviembre de 2019

eLECCIONES

Sólo haré un comentario a los resultados electorales de ayer: el Real Zaragoza consiguió empatar en el campo del Almería tras un excelente control de Linares que cruzó el balón a las mallas tras una gran asistencia de Guti.
He dicho.



viernes, 8 de noviembre de 2019

Y los de mi pueblo...

Lo reconozco, soy y seré siempre un pueblerino. Esta noche he ido al cine: me apetecía ver "mientras dure la guerra", la peli de Amenábar que me ha parecido magnífica. El guión, la interpretación de Karra Elejalde como Unamuno o como le de la gana, que para eso es de Bilbao o de cerca; Eduard Fernández haciendo del legionario Millán Astray, tan peligroso él que en A Coruña atan la mano única de la estatua del general que vestía de coronel, no sea que desenfunde el revólver que lleva al cinto; Santi Prego de un Franco tan falso como cierto, clavado; Patricia López, todo un gran descubrimiento en el papel de la hija de don Miguel, lo mismo que Mireia Rey en el complicadísimo papel de Carmen Polo o Tito Valverde en un inigualable General Cabanillas (qué gilipollas, el general, no Tito). La peli es necesaria porque, independientemente de licencias históricas, que las tiene (al fin y al cabo es ficción), cuenta los vaivenes morales de un intelectual, las cobardías del dictador que alargó la guerra innecesariamente para matar al enemigo y a los suyos, la estupidez del legionario hoy reflejada en Vox, el asesinato indiscriminado...
Pero mi rollo no iba por ahí.


Al lado de mi alojamiento había dos cines que ponían la peli, uno a las 20:10 y otro a las 22:00. He elegido el tempranero, un Yelmo de luxe o algo parecido y me he quedado a cuadros: resulta que el cine o lo que sea, tenía butacas abatibles, con botón para sacar el reposapiés y quedar tumbado, lamparita para cada dos, USB y bandeja retráctil. En el reposabrazos un timbre para llamar a alguna de la media docena de camareras que se movían por la sala trasegando menús de pareja con postre, platos de ibérico, pizza, hamburguesas diversas incluso veganas, palomitas y todo tipo de bebidas, cócteles, cervezas y sangría para turistas. La pareja de al lado ha pedido plato de ibéricos para picar, menú de pareja con primero y segundo, una botella de Rioja y tocino de cielo de postre, amén de una marmita de palomitas para ir tirando que, con todo lo demás y gracias a Dios que siempre sea loado se han ido a masticar a la fila anterior que estaba libre y como de aquí a Pernambuco de distancia.

Yo, como sólo he ido a ver la peli por el módico precio de 14 y pico la butaca abatible, me he sentido por primera vez en mi vida, que nunca me he identificado con el actor, como Paco Martínez Soria en "la ciudad no es para mí", con ganas de preguntar al camarero que me miraba mal cada vez que pasaba por delante y no le pedía una comanda aunque sólo fuera de palomitas, de preguntarle, digo, boina en ristre aquello de "oiga, señor guardia ¿Y los de mi pueblo cuándo pasan?"


miércoles, 6 de noviembre de 2019

¿Está el enemigo?, que se ponga



Como me aburro, estoy solo en Madrid y no tengo ganas de salir, que estoy cansado y no hace buena noche, he ido y me he dicho: voy a hacerme un par de enemigos (o más, que tendría que haber una red social que en vez de amigos atesorara enemigos) que tengo pocos. Voy allá:

Alucino con las manifestaciones estudiantiles (orales y en la radio, que las de calle también fracasaron en víspera de puente) contra de la sentencia del procés: hemos venido pocos (menos de mil) porque la gente está cansada, dijo uno con toda su jeta, y es que los chavales de la revolución indepe necesitan reponer fuerzas porque les queda mucho trecho, pese a que la evaluación se la van a poner "a güevo" porque la nueva Catalunya no necesita médicos que sepan detectar un cáncer a tiempo o ingenieras capaces de construir otra cosa que no sea el camino hacia la llibertat.

Resulta que las revoluciones actuales se hacen en laborable, porque en finde los jovenzanos se van de farra, como procede, y se hacen los selfis en el garito o botellón de turno en vez de sacarse la foto delante del contenedor ardiendo, botella de fairi en astillero. 

Resulta también que todos los García, Martínez, Pérez "i" López de las CUP (qué complicado es encontrar uno solo de esos ocho apellidos catalanes en las filas unionistas-populares se van a llevarles flores en el puente de todos los santos a sus abuelos o a sus padres (charnegos ellos que decidieron reposar sus huesos en el lugar donde nacieron) al cementerio de Paracuellos de Jiloca, Jumilla, Bollullos par del Condado o de la Mitación o Villarriba y Vilabajo (que no Viladalt "i" Vilabaix), después de que, por intercesión del teléfono de Gila, hayan conseguido que el enemigo pare la guerra porque nos vamos de puente.

Los que me conocen saben que estoy por el derecho a decidir, pero también saben que me cargan los fariseos. Las revoluciones se hacen con todas las consecuencias o no se hacen, por eso he renunciado a las mías (no del todo, que estoy de puente).


jueves, 15 de agosto de 2019

El Redford



Anoche me encontré con el Redford. Mi primer destino como maestro (ya funcionario de carrera, antes estuve en Baleares), fueron un grupo de adultos (o no tanto), yo tenía 24, ellos eran una tribu variopinta de jovenzanos (sólo dos o tres años menos que yo, algunos hasta ocho) a los que la escuela de la época había desplazado hacia el olvido. Anoche el Redford me recordó que les hablaba de libertad y de justicia y que en clase colgamos una foto de Juan Salvador Gaviota "Sueña lo que te atrevas a soñar. Ve donde quieras ir. Sé lo que quieras ser... ¡Vive!" Me dijo el Redford que esa foto y esa frase le había venido muy bien, así que la recupero. También filosofábamos con Voltaire y la libertad, pero de eso ya no se acuerda.


De Voltaire se acordaba Rosa, pequeña como un comino, pero muy lista. 

Que a un año de la jubiliación, mis alumnos y mis alumnas, ya mayores, hombres y mujeres de provecho, que decía mi padre, se acuerden de que estábamos hablando de libertad, me pone como una moto.

Entonces no me daba cuenta, pero ahora voy a tener que ir a que me den clases de vida.

miércoles, 3 de julio de 2019

Inclusión

Hace un tiempo, una madre con razones, pero no todas, me discutía en las redes acerca de quién enseña y quién educa y me respondía con una frase no exenta de razón que puede conducir a alguna sinrazón: la familia educa, la escuela enseña.

Ahora, que ha saltado a los medios la noticia del la expulsión de Inés, una niña con necesidades especiales, en un campamento de inglés, me vuelve la idea de esta madre a la cabeza y me reafirmo en mi tesis: la familia tiene la obligación de educar y la escuela tiene la obligación de educar..



Pero la obligación de educar en la escuela es ineludible cuando la educación que proporciona la familia es moralmente reprobable y en éste, y en otros muchos casos, lo es. En esta sociedad que tiende más hacia la distopía egoísta que propugna el capitalismo en vez de hacia la utopía igualitaria y fraternal que nos legó la Revolución Francesa, la escuela intenta hacer bandera de la inclusión porque la sociedad no es inclusiva, porque muchas de las familias que la componen desconfían del diferente, marginan a quien tiene capacidades diferentes e inculcan valores éticamente despreciables y democráticamente reprobables.

Cuando las familias son moralmente discapacitadas (y es la discapacidad moral la única discapacidad rechazable) y proporcionan a sus hijos e hijas una educación éticamente inaceptable, la única referencia moralmente justa e inclusiva que tienen el alumnado es la que puede proporcionarles la escuela, aunque su capacidad para imponerse sobre la mala educación familiar es escasa.

Diverbo (que, por cierto, ha cerrado su página web temporalmente, incapaz de asumir su propia vergüenza), la empresa promotora del campamento, debería perder su licencia educativa de inmediato y la familias que han provocado la expulsión con sus mensajes cruzados (cosa, por otra parte, tan común como venenosa en el ámbito educativo), llamadas a testificar en la denuncia que CERNI ha presentado ante la fiscalía para que, también allí, hagan gala de su bajeza moral más propia de nazis que de ciudadanos supestamente normales.

viernes, 8 de febrero de 2019

Mediar


No deja de asombrarme, y eso que estoy curado de espanto, la capacidad que tenemos los humanos en general y los españoles (en particular y en este caso) para dejarnos llevar, consciente o inocentemente, por el río de la manipulación.
Menuda se ha montado con lo del mediador, relator, convidado o convidada de piedra o como quiera el demonio que se le acabe llamando si es que la cosa no acaba en uno de esos abortos de los que abomina Pablo Casado.
Soy maestro con 35 años a mis espaldas, 56 años de escuela, que se dice pronto. Y en ese tiempo he aprendido que la mediación es la única solución posible, positivamente hablando, en la resolución de conflictos. En educación, mediamos los profes, media el alumnado, hay que mediar con familias, con alumnado, con docentes, con administración, con concejos y con cualquier combinación de esos n elementos tomados de n en n y, las más de las veces, el proceso soluciona los conflictos a corto o, en  casos complejos, a medio plazo. Y, en caso de fracaso, el proceso acaba siendo tan enriquecedoramente rico (como agotador) que siempre queda un aprendizaje, una vía sin cerrar del todo o, si el fracaso es estrepitosamente palmario, el recurso a otras vías tan poco empáticas como resolutivas (y generadoras de nuevos conflictos, dicho sea de paso, que la ocasión lo requiere).
Sigo siendo sindicalista, ahora más de a pie. Pero algún convenio local o alguna reivindicación profesional me ha tocado negociar. Y la clave está en la palabra, porque sin voluntad de conciliar no hay acuerdo perdurable, posible, sí, pero no perdurable.
He sido político, de pequeñas cosas, eso sí, y he comprobado que sin mediación, las organizaciones se deshacen por esa propiedad física que tienen las partículas de izquierda de chocar entre ellas y que se conoce por el nombre científico de disociación ideológica degenerativa.
Conozco hasta diez parejas que han roto su relación amistosamente porque han contado con la mediación de un letrado común que ha hecho de puente en la ruptura y muchas más que se han dejado media vida y el patrimonio en pelitear por un quítame allí esa mamandurria que diría la otra (léase Esperanza o la cólera de dios, así, en pequeñito, porque así es el dios de los liberales).
Se media en asuntos de lindes (para eso estaban los jueces de paz), de herencias, de amistades y hasta de riegos. Se medió con ETA, con los militares golpistas, con la legalización del PCE, con el otro rey para que se fuera al pedo y hasta con la rendición de Granada.
Existen espacios de conciliación donde esas ex-familias de imposible entendimiento intercambian hijos y hasta los padres de la iglesia se reúnen para saldar sus cuentas pendientes con lo divino o lo humano bajo la mediación del Espíritu Santo, esa tercera persona, no sé si del singular o del plural que, a la vista de los acontecimientos, pasa de iluminar a nadie.
Hasta el Papa Francisco se ofrece como mediador (si las dos partes lo quieren), que lo dice el ABC, esta vez sin cuestionarlo porque el Papa es inefable.
No me cansaré de decir que no pertenezco a  la fan zone de Pedro Sánchez en mi ascensor ni al club de las ministras diabéticas aceleradas, tampoco a los poetas muertos/ ministros sobrevalorados; ni me representan los demás iluminados de la izquierda ególatra y salvadora y mucho menos los esperpentos de la derecha neopatriótica y arribista, al mismo nivel que los nacionalistos de cualquier senyera. Pero no dejo de reconocer que la mediación es la mejor manera de solventar los conflictos y que otro gallo nos cantaría si habláramos más y gritáramos menos.